Llevo unas semanas leyendo y aprendiendo sobre el difícil arte del soneto. Pocas cosas son más apasionantes, divertidas y desesperantes para quien quiere formarse y aprender poesía.

Creo firmemente que para romper las reglas, antes hay que conocerlas y que quien intenta innovar en cualquier arte sin antes conocer lo que ya se ha hecho, se convierte en un ignorante con ínfulas.

Después de leer mucho sobre la teoría de la métrica, la rima, el ritmo y los acentos…, después de leer decenas y decenas de sonetos de los grandes poetas de nuestra literatura, qué impotencia me produce tomar el lapicero y ver que aquello, lejos de ser lo esperado, se va volviendo maraña sin solución aparente. Pero cada pequeño avance merece la pena. No sé cuántos días he tardado en escribir mi Soneto I (quizás una semana), evidentemente esto no es lo que se acostumbra entre algunos poetas aficionados que escriben poemas sin parar. Definitivamente esto es otra cosa.

Aconsejo al poeta aficionado que se forme en las composiciones clásicas de la poesía porque es un aprendizaje incomparable para quien no quiera ser un escribidor de frases (uno más), sino que quiera dotar a sus versos de un cierto trasfondo de calidad e ir evolucionando con el tiempo dotándolos de su propia personalidad. También aconsejo estas lecturas al lector que se inicia en la lectura de poesía y que esté interesado en conocer el trasfondo de la poética y no se quiera quedar en la superficialidad actual de «las frases bonitas».

Adjunto aquí mi Soneto I. Es un soneto de endecasílabos clásico, dos cuartetos y dos tercetos con rima ABBA ABBA CDC DCD. Soy consciente de que tiene varios errores en cuanto a la forma se refiere (principalmente en los acentos poéticos), pero considero que es el primero y por algún sitio hay que empezar.

Soneto I

No te despiertes mientras yo te sueño
que el viento llora si te ve marchar;
descansa tu cansancio frente al mar,
bajo los sabios árboles sin dueño.

Duérmete, ahora sí, con el empeño
de consolar mi alma y esperar
como la noche aguarda el despertar
de las calladas brasas de este leño.

Al final, si el amanecer te llama,
contéstale: quizás ya hayamos muerto
pues la fría guadaña nos reclama.

Mientras el sol fondea en otro puerto
la anciana luna, ajena a cualquier drama,
deja un beso de luz en nuestro huerto.

E.G.