Escribo esto para iniciar en este blog un tema que me está interesando cada vez más: la conciencia. Junto con la posible existencia de una realidad subyacente, esta es una cuestión que ocupa buena parte de mis pensamientos desde hace ya algún tiempo. Quiero ir dejando por escrito mis lecturas, mis dudas y mis conclusiones provisionales sobre estos asuntos, sin otro propósito que el de pensar mejor. Por eso creí que lo primero era intentar definir qué es la conciencia. Pero ahí apareció el primer problema: definir la conciencia.
Uno de los principales problemas al intentar definir la conciencia es que casi siempre se introduce en la propia definición aquello que ya se quiere incluir o excluir desde el principio. En vez de preguntarnos qué es la conciencia, damos por supuesto que ya sabemos qué formas de ser cuentan como conscientes y cuáles no. La consecuencia es que dejamos de pensar el problema en sus propios términos y pasamos a compararlo todo con el ser humano, como si lo humano fuera la medida natural y evidente de toda conciencia posible.
Ese desplazamiento, desde mi punto de vista, es un error conceptual importante. No porque sea ilegítimo partir de la experiencia humana, ya que es el punto de acceso más inmediato que tenemos al problema, sino porque una cosa es partir de lo humano y otra muy distinta convertirlo en criterio exclusivo de definición. Cuando hacemos de ciertos rasgos humanos el patrón implícito de toda conciencia, en realidad ya no estamos definiendo la conciencia, sino que estamos condicionando desde el inicio el estudio que pretendemos llevar a cabo
A partir de ahí se tiende a identificar la conciencia con rasgos como el lenguaje, la autoconciencia reflexiva, la racionalidad discursiva o una determinada forma de interioridad tal como aparecen en nuestra experiencia humana. Pero eso exige una cautela mayor, porque no está nada claro que esos rasgos agoten el fenómeno de la conciencia. Pueden ser formas altas o particularmente complejas de conciencia, pero no por ello tienen que constituir su definición mínima. Si se toman directamente como criterio esencial, la investigación filosófica nace ya cerrada, porque la definición deja de ser un punto de partida del estudio y se convierte en una operación de exclusión.
Si queremos estudiar la conciencia de forma seria, habría que intentar una definición menos antropocéntrica. Eso no significa vaciar el concepto hasta volverlo inútil, sino construir una base lo bastante firme como para no disolverse y lo bastante abierta como para no decidir por adelantado qué seres pueden o no pueden entrar en ella. De otro modo, la discusión queda resuelta antes de empezar.
Tal vez una vía inicial consista en pensar la conciencia, no como una forma específicamente humana de reflexión sobre sí, sino como la capacidad de un ser individual de tener experiencia propia, de darse de algún modo su mundo y de mantener alguna forma de diferencia entre sí y lo otro. Esa formulación sigue siendo imprecisa y seguramente exige corrección, pero al menos desplaza el centro de gravedad de la discusión. Ya no se trata de preguntar si algo se parece lo bastante a nosotros, sino de preguntar qué condiciones mínimas hacen posible una forma de experiencia o de presencia para sí, aunque esa forma no alcance el grado reflexivo que caracteriza al ser humano.
Aquí aparece de inmediato la cuestión de los niveles o formas de conciencia. No digo que toda definición no antropocéntrica obligue sin más a aceptar una escala única y perfectamente ordenada, pero sí abre la posibilidad de pensar que la conciencia no sea un bloque homogéneo que aparece entera o no aparece en absoluto. Una vez que dejamos de identificarla sin más con lo humano, se vuelve legítimo preguntarse si puede haber modos distintos, grados distintos o niveles distintos de elaboración de la experiencia. Y eso incomoda, porque obliga a abandonar una frontera demasiado tranquilizadora: la que separa de manera tajante entre quienes tienen conciencia y quienes no.
En este punto pesa mucho la ideología. Con frecuencia partimos de nuestras creencias previas y queremos protegerlas excluyendo aquello que no encaja con ellas. Las ideologías, precisamente porque incorporan dogmas, tienden a convertir en criterio de definición lo que en realidad era solo un presupuesto inicial. Eso no significa que una definición sea falsa únicamente por tener un origen ideológico, pero sí significa que debemos desconfiar cuando una definición parece resolver demasiado rápido aquello mismo que debería someter a examen. Por eso una teoría de la conciencia requiere vigilancia filosófica: no solo hay que preguntarse qué es la conciencia, sino también qué estamos intentando defender en secreto cuando la definimos de una manera y no de otra.
El problema de definir la conciencia quizá no consista solo en encontrar una fórmula correcta, sino en evitar que la definición quede secuestrada desde el principio por una imagen previa del ser humano convertida en norma universal. Mientras no desactivemos esa trampa, cualquier definición correrá el riesgo de ser menos una elucidación del fenómeno que una operación de exclusión disfrazada de claridad conceptual.
Por mi parte no voy a incluir aquí las múltiples definiciones de conciencia que se pueden leer en libros, tratados y artículos. Quiero que mi inicio en este tema sea menos encorsetado. No sé si es necesario partir de una definición exhaustiva o simplemente abordar el tema con amplitud de miras y con ganas de ser sorprendido.